
De las tinieblas del carbón, al vibrante color del pastel.
De la noche más negra, a la luz del día subidos al carro del Dios Apolo, transportando el sol a través del cielo.
Su juventud, fue cubierta de sombras, de versos trágicos y oscuros, del embrujo de las letras de Poe, Stéphane Mallarmé…del rechazo y la incomprensión hacia las imágenes qe albergaba su inconsciente y surgían –desgarradoras- a través de sus manos, cobrando vida en la lucha del papel, la piedra y la tinta…
Su momento más oscuro y en la que, su amiga, la muerte, se llevó a su hermana, a su primer hijo, a su amigo.
Después, el color inundó las estancias de un interior lleno de telarañas, de arañas sonrientes y ojos hinchados flotando en los cielos.
Las paredes se alfombraron de flores, escalando las paredes de los decorados de Domecy, de amapolas y rosas rojas, de flores y oraciones en silencio, con los ojos cerrados
…mientras Ofelia, sueña su locura.
Pero, descendemos, volvemos a otra realidad, una llena de hambre, sudor y trabajo, de inmigración y de Ícaros volando sobre la quinta avenida.

Donde, pequeñas manos trabajan sin descanso.
Donde el algodón, vuela –fatalmente- en el cargado ambiente de la fabrica.
Dónde el cuerpo, dibuja con la fuerza de sus músculos, gigantes de hierro.
No me mires con esos ojos grandes y oscuros, desgarrando mi cómoda rutina.
Sé que me estás hablando a mí, a través del tiempo.
Y yo, te escucho.
Quieta.
Callada.
Parada en el suelo.
Mirándote fijamente sin dejar en pensar en tú lucha, en tú sufrimiento escondido tras tus rizos silvestres.
Fuera, la ciudad…sigue gritando.
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