domingo, 29 de junio de 2014

Amy Foster



Verano.

Y de nuevo, retomar la costumbre de acompañar tú tiempo de descanso con las lecturas amontonadas en tú mesilla –junto a la luz de la vieja lámpara- que cada día te miraban con tristeza por su abandono. 

Le coges entre tus manos, pequeño, cómodo, cariñosamente familiar, con sus ilustraciones en tonos verdes-azulados que solo te hacen añorar el olor a mar y la húmeda tierra. 



O, tal vez, recuerdas deleitándote en las salvajes pinturas del gran maestro al que tanto admiras: Turner.
El naufragio (1805) Joseph Turner
Amy Foster es su nombre.

Te visita el recuerdo de la hermosa melodía de John Barry.


La danza apasionada de Vincent Pérez, con el profundo mar como telón de fondo para sus ojos azules.


Hermoso relato que supera con creces a la película.

Un extranjero, un naufrago que a pesar de la incomprensión, del prejuicio a lo extraño que le rodea, de las miradas de desprecio encontrará ese refugio en brazos de un mujer, invisible a la mayoría, menos para él. 

Y a pesar de que el libro no es tan “edulcorado” como la película, es más intenso lo que nos provoca, más real el dolor de Yanko. 

“Con el tiempo, la gente se acostumbró a verlo. Pero jamás se acostumbró a él”

Y aún siendo fiel la película en muchos aspectos –los esenciales- al libro –que no los personajes femeninos- el libro posee una autenticidad, una belleza que lo hace único.

Sarah Miles...la perfecta Amy.
Ahora, escuchemos el rumor de las olas, quizás…nos traiga una nueva historia…


El sueño tras el esfuerzo,

tras la tempestad el puerto,

el reposo tras la guerra,

la muerte tras la vida harto complacen.



(Versos de Edmund Spenser en la tumba de Joseph Conrad)