domingo, 2 de noviembre de 2014

Tejiendo un sueño (Palacio Real de La Granja de San Ildefonso)



Ella teje una tela día y noche,

tela mágica de hermosos colores.

Ha oído murmurar un rumor, sobre

una maldición: ay como se asome

y mire lejos, hacia Camelot.

No sabe que maldición pueda ser,

ella teje y no deja de tejer,

y otra cosa no hay que pueda temer,

la dama de Shalott.

Alfred Tennyson



Detalle del tapiz de la   Fortuna
Pieter van Aelst (act. 1495-1531), según cartón atribuido a Bernard van Orley (1487/91-1541) y Jan Gossaert de Mabuse 
Oro, plata, seda y lana
498 x 846 cm
Colección:Carlos V



La habitación…en penumbra.

Cual cámara secreta aguarda al visitante.

Enormes tapices visten sus paredes con hilos de oro y pata.

A la caricia de la luz, enciendes sus dibujos estallando en los ojos.

Perdida en el exquisito dibujo te cuentan historias al oído…

Antiguas, pasadas, soñadas…imaginadas…

Vislumbras el dolor en sus manos,

El gigantesco cartón saturado de líneas, matices…

Los andamios alcanzando sus bordes, rebosando sus límites.

Las uñas, aún bañadas en el tinte de sus hilos.

La espalda vencida en las inagotables horas de trabajo.

El cuello, sufriendo la postura.

Y cuál viajero en el tiempo navegas por la historia,

Reverso mostrado, enmarañado de hilos.

¡Quién pudiera acariciarlo!

Quién pudiera mirarlo en su soledad, solo al alcance de ricos y poderosos.

Lo imaginaré mío…en el silencio.



El Honor: Segundo paño de la serie Los Honores.
Manufactura de Pieter van Aelst, Bruselas, c. 1520, en oro, plata, seda y lana (500x1000 cm).
Viajó como muestra de la serie hasta España en 1525, para que el emperador Carlos V decidiese comprar estos tapices.
Palacio de la Granja de San Ildefonso, Segovia.



Dos factores influían en el elevado coste de los paños: el tiempo necesario para su manufactura y, especialmente, la calidad de los materiales. Entre los siglos XV y XVIII la mano de obra de los tejedores era barata. No obstante, tapices que alcanzaban diez metros de anchura y cuatro de altura (dimensiones en absoluto excepcionales pues los hay mayores), exigían muchas jornadas, a veces años, y varios tejedores trabajando a la vez. Cada uno podía cubrir una anchura de algo menos de un metro, lo que suponía al menos cuatro tejedores laborando a la vez en un tapiz como el propuesto. Teniendo en cuenta que en una jornada sólo podían avanzar unos pocos centímetros (esto dependía de lo tupida que fuese la trama), se entiende que el coste de la mano de obra acabara siendo importante. Pero el factor que más influía en el precio era la utilización de preciados materiales: la seda era cara, y mucho más los hilos con plata, y especialmente con oro, de manera que, aunque el coste final dependiera de los componentes, siempre era elevado.
A pesar de su frialdad, las cifras no dejan duda respecto al valor que se daba a los tapices en comparación con las pinturas, y es que hasta el siglo XVIII la tapicería fue la principal entre las artes visuales, algo que se aprecia en la función ceremonial y representativa que tenían los tapices en las celebraciones más significativas. 
Miguel Ángel Zalama

Y estos...mis favoritos...
Algún día los veré ...