domingo, 20 de septiembre de 2015

Jaulas doradas




Oigo sus conversaciones, pegado el móvil a su oreja.

Veo sus rostros agachados, atrapados en el frío brillo de la pantalla.

En el autobús, el metro…

Uniformes de vaqueros y camisas aún más cortas despidiéndose el largo verano.

Y sin embargo, a veces, deseo volver el tiempo atrás.

A pesar de aquellas jaulas doradas.


De estar atrapadas, prisioneras de nuestro sexo en manos de los hombres.

De adornar sus elegantes casas y salones, de decorar sus estancias.

De confinar nuestros cuerpos entre cintas, hierros y armazones siguiendo los dictados de la moda.

No obstante, en esta sala casi a oscuras, iluminada por el tafetán, el satén, los encajes… sus voces, antaño silenciadas, me susurran sus sueños y deseos.

Me hablan de aquella emoción contenida el día de su boda.


Del rubor encendido en sus mejillas mostrando el atrevido escote en el salón de baile.

Las confidencias en la habitación.


Pero también del dolor…al fin y al cabo “"Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión".

Y las escucho…




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