martes, 24 de mayo de 2016

Georges de la Tour



Podría hablar de los atascos permanentes a la entrada de la capital.

Del calor que nos atrapa entre el asfalto y el cielo plomizo, cuando el verano parece ya instalado en esta gran ciudad.

De los turistas, móvil en mano, queriendo inmortalizar cada uno de sus pasos.

De las primeras bodas con sabor a calor. 


Del duelo entre los coches ante el semáforo en verde.

Del mendigo que se abraza a sus cartones bajo los andamios, olvidado de las miradas del transeúnte demasiado ocupado.

Pero al cerrar los ojos sigo viendo, brotando, esa luz maravillosa entre las sombras.

Esa luz que parece brillar entre las paredes oscuras, casi tenebrosas.

Esa piel que nace blanquecina, rendida ante mis ojos, deslumbrados, perplejos.

Pinturas que una vez soñé contemplar hojeando mis libros de historia del arte, cuando me atrapó la pincelada de Caravaggio o Ribera que me dejaban extasiada en su contemplación.

Prosperidad, hambre, guerras, calamidades alimentaron la vida de Georges de La tour.

Tramposos, ciegos, prostitutas, cortesanas cuelgan en las paredes de este museo junto a santos, vírgenes y niños.

Pero es cuando en la penumbra de las sala brilla esa luz de vela que parece danzar con las sombras, cuando todo cobra vida, sentido, razón.


La mano que sujeta la vela.


La luz amarilla y blanca, la que se alza ara dirigir nuestra mirada hacia la Magdalena, 


o esa otra que de abultadas redondeces expurga su cuerpo de piojos, 

o ese ángel que llama con su mirada a San José durmiendo,

o este último, revestido con las ropas de su trabajo cotidiano, carpintero, ante la cálida mirada de su hijo en una escena de una delicado intimidad que conmueve al espectador.

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